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divendres, 30 d’agost del 2013

Cireres/Guindes

Isabel Castro: Cerezo florido
Como se sabe por Plinio, aunque Plutarco en su vida de Lúculo no diga nada del asunto, fue este quien, de regreso de Asia Menor, concretamente de Kerasos, en el Ponto, trajo a Occidente los cerezos. Según Böhler, se extendió muy lentamente, y todavía para San Beda, en el siglo VIII, era un árbol bastante raro en las Galias. Es el propio Böhler quien afirma que fue Cluny el divulgador del cerezo por toda Europa, y no había casa cluniacense desde Salzburgo a Melon que no tuviese en su huerto media docena de cerezos. La cereza tenía fama de indigesta por un texto de no recuerdo quién, que afirmaba que un sobrino del rey Lisímaco había muerto de una indigestión de cerezas. Ese Lisímaco viene como legislador en mi obispo Guevara, con barba engominada y curioso de saber cuál fue la lengua original de la humanidad. Para Guevara, es una especie de Salomón, y murió rodeado de sus sesenta mujeres, las cuales unánimemente lo lloraron y pacíficamente se repartieron su barba. Pero Guevara no sabía nada de las cerezas de Lisimaco… El gran siglo de la expansión del cerezo fue el XVIII. María Antonieta y sus damas se dedicaban a cogerlas de las ramas, subidas a frágiles escaleras. Fragonard, por ejemplo, pintó mucha aristócrata francesa subida al cerezo, enseñando el tobillo Y por la época de Fragonard, los canónigos de Besançon dejaban en este mes los estudios de pirotecnia para subirse a los guindos. Las guindas mejores de Europa son las del valle del Doubs, y de ahí son los primeros kirschs y marrasquinos, y las mejores ratafías. Un racionero de Besançon, cadete de la casa de Golain-Dumesnil, estableció las cinco clases de kirschs, a las que aludirá Stendhal, que era muy aficionado. Lenôtre ha explicado una vez cómo la ratafía roja tuvo una cierta boga durante la Revolución de Francia, porque la bebían los girondinos, mientras que la Montaña insistía en el eau-de-vie charentina y en el calvados. ¡Mucho personaje de Balzac bebe kirsch, especialmente banqueros y oficiales de caballería! Esto tiene su importancia. Salinger ha hecho ver el cambio profundo que se produjo en la literatura inglesa del siglo XVIII, cuando las protagonistas de las novelas en vez de un cordial de vino con especias pasaron a beber té. ¡OH, Pamela y Evelina!
Mi valle natal y el vecino de Lorenzana son valles de cerezos. Especialmente este último. Las hay muorás, blancás, garrafales, leonesas, de piñón. Y hay buenas guindas, de pico. En Villanueva de Lorenzana, en una taberna, ponen unas guindas en aguardiente anisado que son verdaderamente deliciosas. Pero, si la gente pone guindas en aguardiente, a nadie se le ocurre destilarlas, y sin duda que se obtendría un licor estupendo, perfumado, lo que revalorizaría el fruto. Pero esto es otra historia.
Estos días, poniendo yo unas cerezas en aguardiente – que me gustan estos trabajos-, me acordaba de mi vale nativo, de los cerezos, llenos del rojo fruto, en la falda del Padornelo, y de lejanas horas en que, al igual que en las estampas dieciochescas de Francia, yo comía directamente de la rama. Las cerezas peteiradas del mirlo o del jilguero son las más dulces, como si los picos de las aves cantoras hubieran provocado en la cereza un alboroto de azúcares.

Cunqueiro, Álvaro (1981). La cocina cristiana de Occidente. Barcelona : Los 5 sentidos, 229-231.
Informació sobre Álvaro Cunqueiro: Centro Virtual Cervantes
 Fregonard, Jean-Honoré (1765) .  The Swing
Recepta de la ratafía: Temps de ratafia

dijous, 29 d’agost del 2013

El temps de les cireres (Montserrat Roig)

Maria Gilda Matteucci (2009). Una tira l'altra
Saps, continuà la Natàlia, quan m'expliques la història del meu passat recent, de tot allò que passà per culpa dels qui guanyaren la guerra, em costa de seguir-te. Però t'entenc el que vols dir quan veig tot això, i la Natàlia contemplava el que tenia al seu voltant, quan veig que la gent és desgraciada. ¿Creus que això s'acabarà algun dia?, repetí. L'Emílio no contestà. A cau d'orella, li xiulà una cançó. Què xiules?, li preguntà ella. Una cançó. És d'un poeta de la Commune francesa. J. B. Clément, es deia. Aquest poeta volia que arribés el temps de les cireres.
Quan vous en serez au temps des cerises
Si vous n'aimez pas les chagrins d'amour
Evitez les belles
Moi qui ne crains pas les peines cruelles
Je ne vivrai point sans souffrir un jour
Quand vous en serez au temps des cerises
Vous aurez aussi des chagrins d'amour.
El poeta va escriure la cançó en temps de la Commune, quan el poble lluitava contra un règim d'opressió ferotge. Ell sabia que després del combat hi hauria una terrible repressió -mataren setanta mil obrers i els que quedaren vius foren forçats a construir el Sacré Coeur de París- i cantava el temps de les cireres, la primavera de la felicitat. El poeta no ignorava, continuà l'Emílio, que al temps de les cireres també hi hauria penes d'amor, però el desitjava. Jo també vull que arribi, el nostre temps de les cireres. I l'Emílio mirà la Natàlia d'una manera que ella no oblidaria mai.

Roig, Montserrat (1993): El temps de les cireres. Barcelona: Edicions 62, 109.
JBF (2009). La Virgen de las Cerezas. Óleo sobre tabla. Maestro de las Medias Figuras de Mujer 
Més informació:

divendres, 23 d’agost del 2013

Comida bajo la sombre del cerezo (La tierra fértil, de Paloma Díaz-Mas)

Jorge Carmona Ferri (2013): Cesto de cerezas
Era ya mediodía y empezaba a apretar el calor y el señor pidió que le dieran de comer, porque tenía ahambre; que, como habían salido temprano y habían estado toda la mañana cabalgando, con el aire de aquellos montes se les había abierto el apetito.
Había ante la puerta del molino una solana pavimentada con lajas de piedra, a una parte de la cual daba sombra una parra que crecía al ras del muro del molino y desde allí trepaba por unos vástagos formando como un dosel de hojas verdes. Al lado crecían un par de cerezos que estaban cargados de fruto, como correspondía a la época; el señor se acordó de cuántas veces había comido del fruto de aquellos árboles cuando salía al campo con su amigo don Bertrán Guerau, que muchos días iban a aquel lugar a la vera del río y le pedían al molinero que les diese cerezas, se las echaban en el esquero y las iban comiendo por el camino, sin desmontar siquiera del caballo, y de pensarlo casi le parecía que sentía en la boca el sabor de aquellas guindas que comió años atrás. Así que le dijo a la hija del molinero que les pusiese allí algún asiento para comer a la sombra, bajo la parra y junto a los cerezos, y que antes de nada les trajera unas pocas cerezas de aquellas, que las quería probar porque todavía no había tomado aquel año.
La mujer puso un par de serones para que sirvieran de asiento y un banquillo de madera, y sobre él colocó una artesa vuelta boca abajo para que hiciese de tabla; y aunque todo era muy rústico y muy sencillo, de verdad que se podía comer allí como en un palacio, porque no podía haber techo pintado más hermoso que aquel emparrado, ni tapiz ni alfombra mejor que aquel suelo de piedra, con los dibujos que formaba el sol al colarse por éntrelas hojas, que en algunos sitios parecía que habían caído lascas de plata al suelo.
El señor se sentó en uno de los serones y, como vio que Joan Galba se quedaba de pie, le dijo que tomase el otro serón y se sentase a la tabla, frente por frente con él, como suelen comer en el campo los pastores o los caballeros, cuando van de caza, que en lugar de sentarse uno al costado de otro, como se hace en corte, forman rueda y comen unos enfrente de otros.
Joan Galba se sentó y la mujer trajo las cerezas recién cogidas y mojadas, porque para que estuvieran más frescas las había puesto en un cestillo y había metido el cesto en la corriente del río. El señor empezó a comer y, a cada cereza que comía, se echaba el hueso en la mano y lo tiraba luego al suelo debajo de la tabla; porque así se ha de hacer; que si uno está en la mesa y tiene que escupir cualquier cosa, no debe hacerlo ni sobre la tabla ni en ningún sitio donde se pueda ver, sino echarlo con disimulo bajo la mesa o entre las piernas. Pues ya hemos dicho que el señor de Bonastre comía siempre con mucha limpieza, y no solo cuando estaba sentado en mesa con manteles.
Las cerezas parecían dulces y frescas, pero Joan Galba las miraba sin atreverse a tocarlas, aunque del ejercicio de la mañana y del calor del mediodía tenía mucha sed. El señor, que lo notó, le dijo que comiese, y como él tomó solo una o dos, agarró un puñado y se lo puso delante a este caballero. Y, cuando lo hubo acabado, le puso otro, hasta que acabaron todas las del cesto.
Mientras tanto, la hija del molinero había preparado de comer, y lo trajo todo junto en un tajador de madera. Puso también en la mesa media hogaza de pan, un cuchillo y un pichel de vino. Pero no les dio agua para lavarse las manos porque entre las gentes del campo eso no se usa, que es una cortesía de los que viven en la corte o en la villa.
El señor le dijo a la mujer que se marchase a sus tareas y a Joan Galba que le sirviese y que luego se sirviese a sí mismo. Él se puso en pie, tomó el pan y el cuchillo, cortó primero una rebanada gruesa, tan ancha como la hogaza, y se la puso delante al señor; y como don Arnau se lo dijo, también cortó otra lonja más delgada para sí. Luego fue tomando pedazos de la comida que había traído la molinera, que era una mezcla de diversas carnes como las hacen en aquella tierra, metidas en tripas de cerdo y cocidas para que se conserven mejor; que luego, después de cocidas, las hacen a la brasa o las pasan por la sartén, y otras las toman frías. Cada pedazo grande él lo iba trinchando y poniéndole un poco al señor sobre la hogaza, procurando que el jugo de lasque estaban fritas no fuese escaso ni demasiado, porque si es poco resulta el pan seco y si es mucho se ensopa. Y cortó también algunos pedazos de pan más pequeños para tomar con ellos los trozos de carne sin mancharse los dedos.
Una vez hecho esto, el señor le indicó que se sentase y comiese con él; Joan Galba esperó a que don Arnau tomase uno o dos bocados y luego comenzó a comer con gana, que en aquel lugar tan agradable y con la comida bien aderezada, se le olvidaron todas sus penas.

Paloma Díaz Mas (1999): La tierra fértil. Editorial Anagrama, Narrativas hispánicas: 272. Páginas394-396.

dimecres, 14 d’agost del 2013

Cucafera i cirerer: Roger Mas

Roger Mas canta La cuca fera, del disc Mística domèstica
La cucafera, del bestiari tradicional
Autor de la lletra: Roger Mas i Roger Puig
La cuca fera (Roger Mas i Roger Puig)
I pujo per la carretera,
quin llamp de cel que hi ha a Solsona!
I és que vinc de Barcelona
i la cosa no tenia espera,
cuca fera, de cap manera...

Ja he apagat el mòbil
i he obert tota la finestra.
no fos que algú em trobi,
avui farem una festa
amb la pantera més guerrera.

Quin pet de sol que fa prop del cel,
dels pobles veig la resplendor.
Brisa encara fred em remou d'arrel,
arrupit al ventre d'una flor
de cirera, encisera.

Sóc una cuca fera xaferdera,
o sóc l'home primavera,
que a la balma, al peu de la cinglera,
se deixa péixer amb la cullera
d'una fera punyetera.

I quan penso en el cirerer...
I quan penso en el cirerer.
l'ombra que fa, l'ombra que fa, l'ombra que fa...

Ho remenes tot, vas amunt i avall
I mai no et deixes cap retall,
perquè ets una cuca fera xafardera:
tu ets la meva primavera

A la balma de la cinglera ma pantera és cuca fera.

diumenge, 6 de gener del 2013

El violonchelista de Sarajevo

Bruno Unna (2007): El cerezo
-Hay una calle cerca de mi casa por la que, antes de la guerra, nunca había pasado –prosigue Emina-. Pero con el francotirador que hay al final de la mía, tuve que dar un rodeo y me encontré en esa calle nueva.
“Había una casa con un cerezo enorme en el jardín, repleto de fruta madura. Una anciana recogía las cerezas. Debió de recoger quince o veinte kilos, y aún quedaban más en el árbol.
“Me acerqué a ella, sobre todo porque nunca había visto un árbol así en Sarajevo, no tenía ni idea de que aquí crecían cerezos. “Es un árbol precioso”, le dije, y ella me contó que su madre lo había plantado de joven, y que siempre había dado buena fruta. Recogía las cerezas con sus nietos, pero estaba un poco preocupada, porque a los niños no se les puede dar solo alimentos dulces. Le sugerí que vendiera parte de las cerezas y me contestó que tal vez lo hiciera.
“Por pura casualidad, pocos días después Jovan me trajo sal que había conseguido no sé dónde, una bolsa inmensa de cinco kilos. Era mucho más de lo que necesitábamos y de lo que íbamos a consumir jamás. Pensé en la mujer, y fui a llevarle un kilo.
El semblante de Emina es relajado, y su voz, suave. Dragan no sabe cuál es el mensaje de la historia que le narra, pero se alegra de que lo esté haciendo.
-La mujer se puso contentísima. Nunca había visto a nadie sonreír tanto. De hecho, me abrazó. Más de un kilo de sal. Cuando ya me iba me dio dos baldes enormes llenos de cerezas- “Pero no voy a poder comerme todo esto. No tengo hijos, solo somos mi marido y yo”, le dije. Pero ella insistió:”Regálalas –dijo-.Hazlo que quieras con ellas. Tengo más de las que necesito”. De modo que se las regalé a mis vecinos, pequeñas cestas a diez familias diferentes.
-Fuiste muy buena regalándole la sal –dice Dragan con sinceridad.
-No la necesitaba. Ella tampoco tenía por qué regalarme las cerezas. –Emina se encoge de hombros-. ¿No es así como se supone que debemos comportarnos? ¿No es así como éramos antes?

GALLOWAY, Steven (2008): El violonchelista de Sarajevo. El Aleph Editores, Modernos y clásicos de El Aleph: Barcelona. Páginas 91-92.
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