Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Sicília. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Sicília. Mostrar tots els missatges

diumenge, 11 de febrer del 2018

Sopar a Can Salina

Isabel Castro (2017): Museo del Romanticismo, Madrid.
A can Salina el sopar se servia amb la fastuositat escantonada que aleshores era marca de la casa del regne de les Dues Sicílies. La quantitat de comensals (catorze en total, entre amos, fills, institutrius i tutors) ja feia que l'escena resultés majestuosa. Amb unes tovalles apedaçades però de roba finíssima, la taula resplendia sota la llumnària d'un potent llum d'oli precàriament penjat sota la "nimfa", sota una gran aranya de cristal de Murano. Per les finestres encara s'esquitllaven les últimes clarors del dia però les figures blanques pintades a les cornises fosques, que simulaven baixos relleus, ja es diluïen en l'ombra.

Isabel Castro (2017): Museo del Romanticismo, Madrid.
La coberteria era de plata massissa i els gots esplèndids, amb les inicials F.D. (Ferdinandus dedit) gravades al medalló llis entre les sanefes de Bohèmia com a record de la munificència reial;

Isabel Castro (2017): Museo del Romanticismo, Madrid.
els plats, en canvi, cada un distingit amb una sigla il·lustre, procedien de serveis diferents, supervivents dels estralls del personal de cuina. Els més grossos, preciosos, de la fàbrica de Capodimonte, amb vora ampla de color verd d'ametlla i sanefa de petites àncores daurades, estaven reservats al príncep, que era partidari de les coses a la seva escala, fora de la muller. Quan entrà al menjador hi trobà tothom esperant-lo, cadascú darrere la seva cadira tret de la princesa, que ja s'havia assegut. També l'esperaven, flanquejats per una pila de plats, els malucs platejats de l'enorme sopera amb la tapadora coronada del guepard dansant. El príncep escudellava personalment, agraïda feina que simbolitzava els deures alimentaris del pater familias

Tomasi di Lampedusa (1958): El Gattopardo. Traducció de Pau Vidal. Editorial Proa. Pàgines 53-54.

dissabte, 10 de febrer del 2018

Uno de los lugares más soleados de Europa

Jean-Pierre Dalbéra (2012): Vue de la Conca d'Oro depuis Monreale
Todo en Palermo y sus alrededores es adecuado para el cultivo de los cítricos. Se trata de uno de los lugares más soleados de Europa, y un gran anfiteatro de montañas lo protege de los vientos y detiene el paso de las nubes procedentes del mar, obligándolas a descargar sus cálidas lluvias sobre la tierra en invierno. A media hora en coche del centro de la ciudad se encuentra una franja de tierra conocida desde el siglo XV como la Conca d'Oro. Los naranjos y limoneros que crecen en este fértil terreno parecen parte de la vegetación natural, pero en realidad son expatriados que viven a miles de kilómetros de sus lugares de origen. Los limones crecieron por primera vez como monte bajo en los bosques de las estribaciones del Himalaya, y según Tyôzaburô Tanaka, el gran experto en cítricos japonés del siglo XX, todas las naranjas provienen de Assam y Birmania, donde eran conocidas como naranga, nombre que se cree deriva del tamil, en el que el prefijo nar- denota fragancia. Sin embargo, estudios más recientes de botánicos que trabajan en la región china de Yunnan han revelado tantas formas primitivas de cítricos que hay razones para creer que muchas especies de naranjas son originarias de China.
Isabel Castro (2017)
Los limones y las naranjas amargas llegaron a Italia por primera vez con los árabes que invadieron Sicilia occidental en el año 831 [...]. En suelo italiano, el nombre naranj , o naranja como se llamó al fruto en el sur de España, se transformó en arancio para el árbol frutal y en arancia para la fruta. En italiano moderno la palabra arancio se utiliza como nombre y como adjetivo, al igual que orange en inglés, pero un nombre solo puede funcionar como adjetivo si el objeto mismo es familiar para la población en general y hasta el siglo XIII los italianos no comenzaron a utilizar rancio y luego arancio como adjetivos. [...]

Irene Domènech (2011): Mercat de Palerm
[...] A las afueras de Palermo Ibn Hawqal encontró una gran abundancia de huertos, todos ellos regados por agua bombeada de los arroyos por medio de norias. Fue aquí donde se plantaron los primeros naranjos y limoneros. En el norte de África y Próximo Oriente se utilizaba la palabra paradisi para describir estos recluidos espacios de verdor en los que se podía escuchar el murmullo del agua deslizándose y oler el perfume de flores y árboles floridos, a modo de umbríos santuarios separados del tosco paisaje exterior por altos muros. La belleza de los jardines fue celebrado en un género de poesía llamado rawdiya ('poemas de jardines') en los que naranjas y limones eran frecuentes protagonistas. Abu al-Hasan Ali, poeta islámico que vivió en Sicilia bajo el dominio normando a finales del siglo XI, describió las naranjas tan puras como oro que llueve sobre la tierra y allí adopta la forma de relucientes esferas. Ab dar-Rahman, otro poeta arábigo-siciliano, escribió:
Entre ramas de esmeralda
sumidos toda la noche en llanto. 
las naranjas de la isla son un fuego abrasador.
Pálidos rostros de amantes los limones son,
Helena Attlee (2017): El país donde florece el limonero. Traducció de María Belmonte. Editorial Acantilado. Pàgines 77-83.
__________________________________________

El sabor de las mandarinas nació en un solo árbol

Esquema extret de El País
Imagínese una mandarina. Posiblemente, en su mente haya aparecido la variedad más cultivada en España: la clementina de Nules, o clemenules, para los amigos. Es muy probable que usted tenga una en su frutero. Se trata de una mandarina naranja intensa, sabrosa, sin pepitas y que se pela con facilidad. Y, además, es una máquina para viajar en el tiempo, como explica el biólogo Manuel Talón, que hoy presenta el nuevo árbol genealógico de los cítricos.

Manuel Ansede (8/02/2018) des de El País: El sabor de las mandarinas nació en un solo árbol.

divendres, 9 de febrer del 2018

El país donde florece el limonero

Diarmuid Kelley
Recuerdo cuando los vuelos eran tan caros que la gente solía hacer el largo viaje de Inglaterra a Italia en barco y tren. En cuanto llegabas a París las cosas mejoraban, porque allí era posible tomar el Palatino, un coche cama nocturno que iba a Roma, con parada en Florencia, en el que uno podía dormir durante todo el trayecto. La primera vez que hice ese viaje fue hace treinta y cinco años. Al amanecer levanté una esquina de la cortinilla de la sofocante litera y me di cuenta de que ya habíamos atravesado la frontera. Estábamos en la Riviera italiana, en algún lugar cerca de Ventimiglia, y crecían limones junto al andén de la estación. Las oscuras hojas y los brillantes frutos de los árboles destacaban contra el telón de fondo del mar. Nunca he olvidado aquellos árboles ni la manera en que transformaban el paisaje a su alrededor; un paisaje que resultaba intensamente extraño a mi mirada genuinamente inglesa. [...]

Giovanni Battista Lusieri (1982): Panorama de Palerm i la Conca d'Oro des de Monreale
Goethe recorrió toda Sicilia y, como muchos otros viajeros ingleses, franceses y alemanes que hacían el Grand Tour, quedó cautivado por la belleza del paisaje. Alos después concentró un anhelo común a los europeos del norte por la belleza, calidez y placer de vivir en el Mediterráneo en una pregunta que parece obsesionar nuestra imaginación colectiva: "¿Conoces el país donde florece el limonero [...]? ¿Lo conoces bien?". Muchos de los contemporáneos de Goethe lo conocían bien, y los vedutisti italianos que suministraban a los turistas pinturas de paisajes, vistas urbanas y estudios de monumentos antiguos ya habían comenzado a incluir la Conca d'Oro entre sus temas. Panorama de Palermo y la Conca d'Oro desde Monreale, pintado por Giovanni Battista Lusieri en 1982, muestra la exuberante llanura entre las montañas y el mar salpicada de huertos de limoneros amurallados conectados por rectos caminos a una serie de granjas y graneros, construidos todos con la misma piedra dorada.

Irene Domènech (2011): Taronges del mercat de Palerm
Yo entonces no lo sabía, pero los viajeros del norte de Europa siempre se han emocionado ante la visión de los cítricos italianos, de modo que mi reacción era completamente previsible. Hans Christian Andersen, escritor y poeta danés conocido sobre todo por sus cuentos de hadas, visitó Italia en 1833, y ver por primera vez bosquecillos de naranjos y limoneros le produjo la mezcla de éxtasis y deseo que Italia sigue provocando en los visitantes de países más fríos y menos románticos. "Intenta imaginar el hermoso mar y una profusión de naranjos y limoneros", escribió a un amigo; el suelo estaba cubierto de sus frutos y las resedas y clavelinas crecían como malas hierbas. "¡Oh, Dios mío!¿Qué desgraciados somos los habitantes del norte! El paraíso está aquí". 

Helena Attlee (2017): El país donde florece el limonero. La historia de Italia y de sus cítricos. Traducció de María Belmonte. Editorial Acantilado. Pàgines 11-94.

Goethe: Kennst du das Land?

Paloma Grey (2018)
Hace ya muchos años que llegué a Palermo por mar y, sin embargo, todavía recuerdo la belleza de su emplazamiento, atrapada en el sinuoso abrazo de las montañas y el mar. El relato de Goethe de su travesía por mar de Nápoles a Palermo en 1787 está dominado por el mareo, pero cuando el barco al fin logró atracar se quedó extasiado ante la visión de la ciudad con las montañas al fondo iluminada por el sol verpertino. En lugar de apresurarse a la pasarela para llegar a tierra firme, se demoró a bordo durante tanto tiempo que al final la tripulación tuvo que escoltarle hasta el muelle.

Helena Attlee (2017): El país donde florece el limonero. Traducció de María Belmonte. Editorial Acantilado. Pàgina 75.

Goethe: Kennst du das Land? wo die Citronen blühn

Kennst du das Land, wo die Zitronen blühn,
Im dunklen Laub die Goldorangen glühn,
Ein sanfter Wind vom blauen Himmel weht,
Die Myrte still und hoch der Lorbeer steht?
Kennst du es wohl?
Dahin, dahin
Möcht ich mit dir, o mein Geliebter, ziehn!
Kennst du das Haus? Auf Säulen ruht sein Dach.
Es glänzt der Saal, es schimmert das Gemach,
Und Marmorbilder stehn und sehn mich an:
Was hat man dir, du armes Kind, getan?-
Kennst du es wohl?
Dahin, dahin
Möcht ich mit dir, o mein Beschützer, ziehn!
Kennst du den Berg und seinen Wolkensteg?
Das Maultier sucht im Nebel seinen Weg.
In Höhlen wohnt der Drachen alte Brut.
Es stürzt der Fels und über ihn die Flut.
Kennst du ihn wohl?
Dahin, dahin
Geht unser Weg.
O Vater, lass uns ziehn!


Versió de Joan Maragall (1891)

Entre el fullatge obscur brilla el fruit d’or.
Allí es fa el llorer altiu, la murtra suau,
gronxats pel dolç oreig sota el cel blau.
No saps on és?
Allí…
Volguessis, mon amat, anar-hi amb mi.

Saps l’estada? En pilans s’alça el trespol,
cada cambra és bonica com un sol,
les estàtues de marbre em van mirant:
“Què t’han fet” –semblen dir-me- “pobre infant!”
No saps quina és?
Allí…
Mon protector, volguessis anar amb mi.

Saps la serra! Pels cingles emboirats
hi cerquen via els matxos carregats,
en les esberles nien les serpents
i les roques s’estimben pels torrents.
No saps on és!
Allí…

Oh mon pare! Voldria fer camí.



Versió de Miquel Desclot (1999)
les taronges rutilen al verger,
el ventijol alena en el cel blau,
la murtra i el llorer es drecen en pau?
Digues, hi saps?
Allí, allí,
oh estimat meu, volguessis anar amb mi!

Saps la casa? S’aixeca en ferms pilars,
sales i alcoves lluen al meu pas,
les estàtues de marbre em fan retret
com dient: “pobre infant, doncs què t’han fet?”
Digues, hi saps?
Allí, allí,
oh padrí meu, volguessis anar amb mi!

Saps la serra i el seu camí alterós?
La mula enfila pel collet boirós,
a la balma reposa l’antic drac,
els rocs s’estimben pel torrent obac.
Digues, hi saps?
Allí, allí,

oh pare meu, ens mena el bon camí!

Versions seleccionades per LAURETART 

dimecres, 7 de febrer del 2018

L’alegria i la llei

Fina Masdéu (2017): Panettoni
No era pas que li agradés amb bogeria aquella barreja de farina, ou en pols i panses tan garantida com dubtosa, més ben dit, fet i fet, no li agradava. Però set quilos d’una cosa de luxe tots d’un cop! Una abundància determinada, però vasta, en una casa on els aliments entraven a lliures i a mitjos litres!, un producte il·lustre en un rebost dedicat a les etiquetes de tercera classe! Quina alegria tindira la Maria! Quins esgarips farien els nens, que durant tres setmanes recorrerien aquell Far-West inexpolorat, un banquet!
Aquestes, però, eren les alegries dels altres, alegries materials de vainilla i cartró pintat, “panettoni”, com aquell qui diu. La seva felicitat personal era ben diferent, una felicitat espiritual, mescla d’orgull i tendresa; sí senyors, espiritual.
Quan, no feia gaire estona, el Comendatore que dirigia la seva oficina havia repartit pagues extres i felicitacions nadalenques amb la bonhomia arrogant del vell jerarca que era, havia dit que el “panettone” de set quilos que la Gran Empresa Productora havia enviat de franc al despatx seria otorgat a l’empleat amb més mèrits, de manera que demanava als estimats col·laboradors que elegissin democràticament (això digué exactament) l’afortunat, en aquell mateix instant.
Mentrestant, el “panettone” era allà, al mig de l’escriptori, pesant, hermèticament tancat, “replet de presagis” com el mateix Comendatore hauria dit vint anys enrere, en uniforme negre. Entre els col·legues hi hagué rialletes i murmuris; després, tots ells, i en primer lloc el director, van dir cridant el seu nom. Una gran satisfacció, una assegurança de la continuïtat en el treball, un triomf, en una paraula; i res no havia aconseguit fer-li espolsar del damunt aquella sensació tonificant, ni les tres-centes lires que havia hagut de pagar al bar de sota, en la lividesa del crepuscle tempestuós i del neó de baixa tensió, quan havia convidat els amics a cafè, ni el pes del botí, ni els insults consistents a l’autobús; res, ni tan sols la mitja idea que voltava en les profunditats de la seva consciència segons la qual havia estat un acte de pietat desdenyosa per part dels empleats envers les seves necessitats; era de debò massa pobre per poder-se permetre que la mala herba de l’orgull brotés on no havia de fer-ho.


G. Tomasi di Lampedusa (1961): “L’alegria i la llei”, Tots els contes. Traducció de Rossend Arqués. Editorial Empúries, Fundació Caixa de Barcelona. Pàgines 39-40.

dimecres, 14 d’agost del 2013

Día de mucho, víspera de nada

Taganu Sicilianoooo !

Angelo Angelino (2012): Taganu siciliano
Los hermanos y las hermanas Safamita se reunían siempre para la festividad del día de Difuntos. Cada año, a finales de octubre, se celebraba la fiesta campestre en el olivar de Torreche-parla, cerca de Sarentini, seguida inmediatamente por los festejos de Difuntos con sus tradicionales regalos; se concluía después honrando a los antepasados con una misa en la iglesia mayor.
Los Safanita daban mucha importancia a la buena cocina y tenían fama de glotones, lo que, en una isla en la que rige el culto a los alimentos y a las comilonas, significaba que se tomaban la gastronomía muy en serio. En la fiesta se celebraba el fin de la recogida de las aceitunas, que en aquellos campos de clima suave maduraban antes que en otras zonas. Guglielmo Safamita organizaba una fiesta para los aceituneros, que se celebraba de forma separada pero al mismo tiempo que la de los amos. Cada uno de los dos grupos tenía sus especialidades -oveja hervida para aquellos y manjares preparados por los chefs para la familia-, pero compartían el primer plato y el postre.
Guglielmo había adoptado la tradición de los Lattuca, considerada vulgar y casi vergonzosa por sus parientes de la ciudad. Preparaba él mismo el plato fuerte de la comilona; un taganu que saciaba a cien personas. Era este un plato popular, típico de Coppolo, el pueblo de los Lattuca. Consistía en una especie de timbal de macarrones, picadillo de carne con tomate y salchichas, aderezado con queso, sobre el que se echaban cien huevos batidos. Se preparaba en una olla de barro tan grande como dos cántaros, llamado precisamente taganu, que se utilizaba exclusivamente con este fin.
Costanza se divertía: aquella era la única ocasión en la que el abuelo trataba al personal femenino del servicio de igual a igual, como, sin embargo, hacía ella todos los días. Solamente durante esa jornada, las mujeres eran las dueñas de la cocina grande junto al abuelo -Monsù se veía desterrado a la cocina pequeña, donde trabajaba con aires de desdeñosa superioridad- y se levantaban al alba para empezar los preparativos: tiras de pasta del grosor de un pulgar, sacadas del agua a media cocción y puestas a secar una a una sobre telas dispuestas a propósito; un picadillo de carne y tomate hecho como es debido, con todas sus especias, salchichas rehogadas en la sartén, rociadas con vino tinto y cortadas después en trocitos. Las más inexpertas se encargaban de los ingredientes que no necesitan cocción: grandes cantidades de queso de oveja rallado, perejil triturado, huevos batidos. Cortaban trozos de tuma, un queso suave y dulce no curado que el barón hacía traer a propósito de Muralisci, el feudo montañés de Madonie cuyo título ostentaban los Safamita.
A primera hora de la mañana, el barón, seguido por los familiares que querían asistir a la preparación -por lo general, los más jóvenes-,y también por quienes no habían sido capaces de rechazar su invitación, ajaba a la cocina. Protegido con su delantal de cocinero, se ponía manos a la obra. Untaba el fondo y las paredes del taganu con manteca de cerdo y después empezaba a llenarlo usando una técnica antigua. Cubría el fondo y los lados con lonchas de tuma, a medida que el relleno iba creciendo. Disponía entonces una capa de tiras de pasta sin presionarlas, y las cubría después con el picadillo. Sellaba el conjunto con una mezcla de huevos batidos, perejil triturado y queso de oveja, y a continuación añadía otra capa de tiras de pasta. Las cubría con las salchichas y su salsa, añadía después más huevo batido y forraba los lados con más lonchas de tuma. Así, alternando las capas de ingredientes, se iba avanzando entre la hilaridad general. (...)
El trabajo iba avanzando en medio del parloteo de las mujeres, hasta que la olla estuvo llena. Al final, el barón añadió sobre el taganu el resto del huevo batido y dejó que una de las mujeres lo cubriera con una última capa de tuma.
-Así, si se deshace no es culpa mía -sentenció, también en esa ocasión, entre bromas y veras-. Ahora llamad a los hombres para meterlo en el horno.
El barón había acabado su cometido: faltaba la última parte, la más espectacular. Después de la cocción, cuando aún estaba tibio, dos hombres transportaron el taganu a la terraza y lo depositaron sobre una mesa cerca de la balaustrada, de modo que los campesinos reunidos en la plaza que se abría ante la casa patronal pudieran verlo. El barón rompió la olla de barro, siguiendo la tradición, con un punzón y un martillo. Los trozos de loza se desprendían de los lados y revelaban la crujiente costra de tuma. El pastel señoreaba intacto. Por las grietas de aquel revoque de tuma goteaba la salsa aromatizada del relleno. Los criados cortaron una rueda de la parte superior, par los amos. El resto -la mayor parte- fue llevada a la alquería, donde tenía lugar el festín para los campesinos. Fue recibido con aplausos.

Simonetta Agnello Hornby (2006): La tía marquesa. Editorial Tusquets: Barcelona. Páginas 153-156.

dissabte, 20 d’abril del 2013

La guerra a Sicília , segons Camilleri ( La pensió Eva, 2008)


Port de Cefalú (Sicília).Fotografia:Beatriz Comella
Andrea Camilleri (2008)Pensió Eva. Cada dia era més difícl trobar queviures. Les barques de pesca no sortien gaire sovint perquè corrien el perill de rebre trets de metralladora o d'anar a espetegar contra alguna mina.El pa que donaven amb la cartilla de racionament era verdós de tanta floridura com tenia, i si l'obries, agafaves una mica de molla, en feies una boleta i la llançaves contra la paret, s'hi quedava enganxada com si fos cola. D'oli ja no se'n trobava, i de carn, encara menys. El sopar a la pensió alguna vegada es va haver de fer només amb olives, sardines en salmorra i formatge per acompanyar els dos pans de pagès del bo que en Jacolino, misteriosament, treia, no se sabia d'on.Allò que no faltava mai, per això, era vi.

diumenge, 6 de gener del 2013

El ladrón de meriendas

Un buen plato, digno de Montalbano. Isabel Castro (2012)

-¿Hoy qué le puedo servir?
-¿Qué tienes?
-De primero, lo que quiera.
-De primero no quiero nada, tengo intención de hacer una comida ligera.
-De segundo he preparado bonito con salsa agridulce y merluza con salsa de anchoas.
-¿Te has pasado a la alta cocina, Calò?
-A veces me da por ahí, me doy el capricho.
-Tráeme una buena ración de merluza. Ah, y mientras espero, sírveme un buen plato de entremeses marineros.
Le entró la duda. ¿Había dicho una comida ligera? Prefirió no responder a la pregunta y abrió el periódico. La pequeña maniobra económica que el gobierno había aprobado no sería de quince, sino de veinte millones deliras. Seguramente subirían algunos precios, entre ellos los de la gasolina y los cigarrillos. El paro en el sur había alcanzado unas cifras que era mejor no revelar. Los de la Liga Norte, después de la huelga fiscal, habían decidido echar a la calle a los prefectos, como primer paso hacia la independencia. Treinta jóvenes de un pueblecito de la provincia de Nápoles habían violado a una muchacha etíope, el pueblo los defendía: la negra era no solo negra sino también puta. Un chiquillo de ocho años se había ahorcado. Detenidos tres camellos cuya edad media era de doce años. Un veinteañero se había saltado la tapa de los sesos jugando a la ruleta rusa. Un octogenario celosos…
-Aquí están los entremeses.
Montalbano lo agradeció, unas cuantas noticias más y se le hubiera pasado el apetito. Después llegaron los ocho trozos de merluza que eran sin lugar a dudas suficientes para cuatro personas. El pescado proclamaba a gritos su alegría por el hecho de haber sido guisado como Dios manda. A través del olfato se adivinaba su perfección, merced a una cantidad apropiada de pan rallado, y al delicado equilibrio entre las anchoas y el huevo batido.
Montalbano se llevó a la boca el primer bocado, pero no se lo tragó enseguida. Dejó que el sabor se difundiera dulce y uniformemente por la lengua y el paladar, y que la lengua y el paladar se dieran cuenta del regalo que se les estaba haciendo. Tragó el bocado y Mimì Augello se materializó delante de la mesa.
-Siéntate.
Mimì Augello se sentó.
-A mí también me apetecería comer.
-Haz lo que quieras. Pero no hables, te lo digo como un hermano y por tu bien, no hables por ningún motivo. Si me interrumpes mientras como esta merluza, soy capaz de estrangularte.

CAMILLERI, Andrea (2000): El ladrón de meriendas. Editorial Salamandra, Narrativa:Barcelona. Páginas 29-30.

dimecres, 26 de desembre del 2012

La muerte de Amalia Sacerdote

Danilo Arigo (2011): Il gambero solitario
Un asunto organizado aprovechando la ausencia de Carlo. Y desde luego organizado a petición de Giulia, Mariella nunca se habría permitido hacer semejante feo a su amiga. Consiguió abrir la boca solo cuando ella se sentó delante de él.
-Hola –dijo con la voz seca.
Una vez que la había mirado, ya no conseguía quitarle los ojos de encima. Desde la noche en que ella, en la mesa, le había dicho que estaba enamorada, no se habían visto cara a cara, como ahora. Se dio cuenta, mientras Giulia se llevaba a los labios el vaso donde le había servido el aperitivo, de que la mano le temblaba ligeramente. Y él tuvo que hacer un esfuerzo enorme para mantener la botella en la dirección correcta, evitando verter el aperitivo sobre el mantel.
-Aquí estoy –dijo Mariella, posando la sopera sobre la mesa-. Pasadme los platos.
Pescado caldoso, excelente. Las primeras cucharadas, en silencio. Como si nadie tuviera ganas o fuerzas de romperlo. Giulia fue la primera en hablar:
-¿Cómo está Gianfranco?
Era el hijo de Mariella y Carlo, un pequeño de siete años.
-Está bien, se ha quedado en casa de los abuelos.
-¿Y… Carlo? –continuó Giulia.
¿Por qué había vacilado al hacer esa pregunta? Instintivamente, Micherle miró a Mariella. Los ojos se le habían ensombrecido. No llegó a responder porque, en otra habitación, se oyó sonar el teléfono.
-Perdonad –dijo Mariella, levantándose y saliendo.
-Carlo no está bien –explicó Giulia.
-¿Qué tiene?
-Algo del corazón. Deberían operarlo. Mariella está muy preocupada.
-¿Es algo grave? Hoy en día…
-El problema es Carlo. Tiene demasiado miedo de la operación, que en sí es una tontería. Lo va aplazando, cada día tiene una excusa.
Volvió Mariella.
-Era Carlo. Está bien.
A pesar de que el pescado estaba verdaderamente bueno, los tres dejaron el plato a medias. Por una cosa o por otra, nadie tenía ganas de comer. El resto de la cena se transformó poco a poco en un velatorio. Cada tema de conversación, después de algunos minutos, se quedaba sin cuerda, como los gramófonos a manivela de antaño, y acababa sin conclusiones, con una especie de amortiguado murmullo.

CAMILLERI, Andrea (2011): La muerte de Amalia Sacerdote. RBA: Barcelona. Páginas 84-85.

dilluns, 29 d’agost del 2011

Menjar pa amb xicoira

Espaguetis amb tòfona (fotografia: Fina Masdéu, 2011)
A través de les notetes enviades a Giuseppe Russotto, Angelo Tolentino i Antonio Episcopo, que es podria dir que eren els proveïdors de la casa, es va poder saber que durant la llarga etapa del sojorn campestre clandestí, en Provenzano es feia portar pasta i carn, o sigui que seguia una dieta d’allò més normal.
A la cuina del mas de Montagna dei Cavalli hi van trobar un llibret de receptes de menjar sa. Les poques vegades que s’hi celebrava alguna reunió entre els més íntims l’encarregat de coure la carn era en La Barbera, que al capo l’hi feia molt crua i amb poca sal. Després algú altre s’ocupava de rentar el plats.
La mel li agradava molt i en gastava en abundància. En una ocasió en Tolentino arreplega no se sap on quaranta-sis pots; doncs bé, se’n queda sis per a ell i els altres els hi envia.
Xicoira silvestre
Molts dels paperets parlen de la xicoira.
“Menjar pa amb xicoira” és una expressió popular que vol dir ser pobre de solemnitat o bé ser de bon conformar, o encara contenir-se per no fer ombra a algú altre (en aquest sentit la va fer servir un conegut polític). Hi va haver periodistes que, en saber que en Provenzano en menjava, van suposar que ho feia per tractar-se una afecció de pròstata. I, certament, podria ser que no sabés que aquesta herba no és gens indicada per aquesta malaltia, ans al contrari.
Fins i tot hi va haver un alt magistrat que va voler interpretar la xicoira com a senyal “d’ètica mafiosa”. És a dir, que en Provenzano, menjant pa i xicoira, volia donar exemple de frugalitat als seus homes. Hipòtesi més aviat agosarada, atès que, com hem vist, també solia menjar carn de primera qualitat.
En Provenzano menjava xicoira senzillament perquè li encantava. Preferia la silvestre, molt amargant, que antigament es collia per camps i marges. Quantes vegades no en devia collir ell mateix, de jove.
“…si pogués trobar el punt on la porta la terra aquesta xicoira, i si me’n pogués fer una mica de llavor, quan serà granada me’n guardaria? Si te diu que en venen en bossetes, no, no és la mateixa natural que coneixem. Jo voldria aquesta natural, la llavor.”
Té tota la raó de rebutjar la de bosseta i reclamar les llavors naturals per plantar-les als voltants de la casa. Perquè, igual que els paperets, els paquets amb provisions també feien la volta al món abans de ser-li lliurats, i per això la xicoira que hi posaven li arribava pansida i no es podia menjar.
El curador d’aquest diccionari, que també somia amb aquella xicoira silvestre, se’n fa càrrec i el compadeix.

Andrea Camilleri (2008). No sabeu pas. (Els amics, els enemics, la màfia). Barcelona. Edicions 62.

diumenge, 19 de juny del 2011

Sicília i CAMILLERI: la gastronomia siciliana

Insalata siciliana. Mercato La Vucchiria. Fotografia: Irene Domènech 

Al llegar a la altura de la trattoria San Calogero, el comisario, que caminaba apurando el paso, se detuvo en seco como hacen los burros cuando, por misteriosas razones, deciden parase y no moverse por muchos azotes o puntapiés que les den en la tripa. Consultó el reloj. Eran sólo las ocho. Demasiado pronto para cenar. Pero el trabajo que lo esperaba en Via Cavour sería muy largo y seguramente le llevaría toda la noche. Podía empezar e interrumpir su tarea sobre las diez…Pero ¿y si le entraba el apetito antes?
- ¿Qué hace, señor comisario, se decide o no se decide?
Sigue leyendo

Arancini sicialians (imatge: blogdeloles2.blogspot.com)


Andrea CAMILLERI (1999) : La Nochevieja de Montalbano. (Trad: M.Antònia Menini Pagès) . Barcelona: Ed. Salamandra


¡Dios mío, los arancini de Adelina!Los había saboreado sólo una vez: un recuerdo que se guramente le había penetrado en el ADN, en su patrimonio genético.
Adelina tardaba dos días enteros en prepararlos: Se sabía de memoria la receta. La  víspera se prepara un estofado de ternera y carne de cerdo a partes iguales que tiene que cocer a fuego muy lento durante horas y horas con cebolla, tomate, apio, perejil y albahaca. Al día siguiente se prepara un arroz, al que llaman a la milanesa ( ¡pero sin azafrán, por favor!), se vierte todo sobre una mesa, se mezcla con los huevos y se deja enfriar. Entre tanto, se hierven los guisantes, se hace una besamel, se cortan en trocitos unas lonchas de salchichón y se mezcla todo con la carne estofada y triturada a mano con la tajadera (¡nada de batidoras, por el amor de Dios!). Al arroz  se le añade el jugo de la carne. A continuación, se coge un poco, se coloca en la palma de la mano ahuecada, se le agrega una cucharada de la mezcla anterior y se cubre con una poco más de arroz para formar una albóndiga. Cada albóndiga se pasa por harina y después por clara de huevo y pan rallado. Luego, todos los arancini se echan en una sartén con aceite de oliva muy caliente y se fríen hasta que adquieren un color de oro viejo. Se escurren sobre papel. ¡Y, al final, loado sea el Señor, se comen!
Montalbano no tuvo ninguna duda acerca de con quién iba a cenar en Nochevieja.


Més informació sobre l'autor:







Sicília

Visió fílmica de 1999 de Jean-Marie Straub i Danielle Huillet de la novel·la d’Elio Vittorini Conversa a Sicília.

L’arengada a Sicília
La senyora va comparèixer, alta, amb un cap clar, i jo vaig reconèixer perfectament la meva mare, una dona alta amb els cabells castanys quasi rossos i l’oval dur, i el nas dur, i els ulls negres. Portava sobre les espatlles una manta vermella per abrigar-se.
Vaig riure:
- Bé, doncs, felicitats!- vaig dir.
- Oh, ets Silvestro! - Va dir la meva mare, i se m’acostà.
Jo li vaig fer un petò filial a la galta, ella em va besar a la galta i em va dir:
- Què dimoni et porta cap aquí?
Com t’has fet per reconèixer-me? – vaig dir jo.
La meva mare reia.
- Jo també m’ho pregunto – va dir.
Venia olor d’arengada a la brasa, i la meva mare va afegir:
- Anem a la cuina…Tinc l’arengada al foc.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

ENGRANDEIX EL TEXT