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dijous, 29 d’agost del 2013

Estambul i la cuina turca

 La cantant Aynur a Crossing the bridge. The sound of Istambul (Fatih Akin, 2006)

El cuiner Gönul Paksoy explica com és la cuina turca, des de la dominació otomana:
La evolución de la cocina turca se puede dividir en varios períodos, a saber: el período de Asia Central; la síntesis anatolia, que se desarrolló tras la emigración a esa región; la cocina de Estambul, o de palacio, y la cocina turca actual.
(...)
Se sabe que el plato turco más antiguo, el tutmaç (Tutma Aç) encabezaba los menús seleucidas y los otomanos. Se trata de un complicado plato de repostería. Era una comida que saciaba, que daba energía y que tenía propiedades curativas. (...) Podemos encontrar platos de repostería similares en los desayunos otomanos.
No cabe duda de que la cocina otomana es la raíza de la moderna cocina turca. Los elementos más importantes de esa cocina son los alimentos que se trajeron de Asia Central. Algunos ejemplos son el çemen, que es un aderezo hecho de hierbas, ajo y pimienta roja, utilizado para cubrir la carne cruda (pastirma), el yogur y la mayoría de las variedades del kebab, así como algunos platos de repostería. Los otomanos jamás perdieron sus vínculos con su antigua cultura aunque gobernaran un inmenso imperio. Pero integraron la cultura que trajeron de Anatolia con las de las poblaciones locales, creando un acervo cultural común.
La cuina turca , segons Gönul Paksoy, cuiner d'Estambul
Venedor de te

D'Orhan Pamuk: Visió del Bòsfor

En los paseos en barca que dábamos con mi madre, a mí me parecía como si los colores procedentes de las colinas del Bósforo no fueran el reflejo de una luz llegada de otra fuente. Me daba la impresión de que desde los tejados, desde los plátanos y los árboles de Judas, desde las alas de las gaviotas que de repente pasaban a toda velocidad ante nuestros ojos y desde las paredes de la caseta medio hundida de los caiques se desprendiera una luz ligera y pálida. Incluso en los días más caluroso del verano en que los niños pobres se lanzan al mar desde la carretera de la costa, en el Bósforo el sol no es totalmente dueño del clima y del paisaje. Ya las tardees de verano, cuando el color rojo del cielo se une a la oscuridad misteriosa del estrecho, me gusta contemplar esa luz incomparable e intentar comprenderla.

De Orhan Pamuk (2003, ed en castellano: 2009): Estambul. Ciudad y recuerdos. Barcelona: Debolsillo Mondadori.
Més informació sobre Orhan Pamuk: Estambul, d'Orhan Pamuk
El Bòsfor a Estambul

dimecres, 14 d’agost del 2013

Impressions sobre el menjar: Orhan Pamuk i Istambul

Francisco de Goya (1819-1873):Saturno devorando a su hijo

Diu Orhan Pamuk, a Estambul (2993; trad: 2009) :

En los cuentos que la había oído a mi madre, la frase "¡Te voy a comer!", tanto como masticar y tragar,  significaba también matar y destruir. (...) Todavía me asusta el cuadro de Goya Saturno devorando a su hijo , que contemplé en el Museo del Prado como la imagen de una gigante que se lleva a la boca a un hombrecito que ha arrancado del suelo.
Fotografia d'Ara Güler dels homes que carreguen als mercats d'Estambul
Informació sobre el fotògraf turc Ara Güler, que nodreix d''il·lustracions el llibre de Pamuk

Imatges d'Instanbul

dimecres, 12 de desembre del 2012

Parla'ls de batalles, de reis i d'elefants

Mathias Enard: "Sabem molt poques coses certes de Miquel Àngel"

El visir Alí Paixà fa lliurar a Miquel Àngel un contracte en llatí i una bossa amb cent aspres de plata per a les seves despeses. El secretari que li allarga els papers té les mans suaus, els dits fins; es diu Mesihi de Pristina, i és un home de lletres, un artista, un gran poeta; un protegit del visir. Un rostre d'àngel, una mirada fosca, un somriure sincer; parla una mica de franc, una mica de grec; sap l'àrab i el persa. Més tard arriba un seguit de dignataris; el shehremini, responsable de la ciutat de Constantinoble; el mohendesbashi, l'enginyer en cap, que encara no anomenen "arquitecte en cap"; el defterdâr, l'intendent; una munió de sirvents. Falachi i Manuel tradueixen tan de pressa com poden les paraules de benvinguda i els víctors de la multitud. Algú agafa l'escultor pel braç, l'introdueix en l'estança adjacent, on hi ha un àpat preparat, i uns patges mig dissimulats darrere les seves llargues dorques daurades que ja serveixen aigua perfumada als vasos. El frugal Miquel Àngel tasta amb la punta dels llavis el bou amb dàtils, les albergínies macerades, l'aviram amb melassa de garrofes. Desorientat, no arriba a reconèixer ni el gust de la canyella, ni el de la càmfora o del màstic. L'artista pensa que tota aquesta gent l'ignoren malgrat la fastuositat de la recepció; per a ells no és més que una imatge, un reflex sense matèria, i se sent lleugerament humiliat.
El diví Miquel Àngel només té un desig: veure el taller que li han promès, i posar-se a treballar.

Mathias ENARD (2011): Parla'ls de batalles, de reis i d'elefants. Editorial Columna: Barcelona. Pàgines 28-29.

dijous, 16 d’agost del 2012

El Bazar de Izmir

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Cinzia Barbano (2005)
El Gran Bazar, en la ciudad de Izmir, se convertía desde primeras horas de la mañana en el centro social de la ciudad. Ignoro por qué, en las grandes urbes musulmanas, hay tal magnitud de personas en los mercados de los días laborables. Puede que sea un efecto del desempleo o quizá es que la superpoblación cría tanta gente como para llenarlo todo a cualquier hora, sea una oficina, una carnicería o un autobús. El bazar de Izmir no es particularmente bonito, no tiene la belleza de las galerías del zoco de Estambul. Pero, mientras este último se ha convertido casi en un mercado de venta de souvenirs turísticos, en una especie de mall americano en versión turca, el de Izmir huele a humanidad de siglos, a sudor de edades, a carne de tiempo. Hay montañas de joyas de oro, de alfombras y de chaquetones de cuero para ofrecer por toneladas a los turistas ávidos de comprar, aunque no son muchos los que se llegan hasta Izmir. Pero, a pocos metros del  comercio donde se venden orfebrería o tapices, impregna el aire el olor e las especias, asoman en las vitrinas el hígado de los corderos y la casquería de vaca, hay cabezas cortadas de cabrito y riñones de buey, y en las pescaderías se amontonan los peces y mariscos frescos, llegados en la madrugada del cercano Egeo, despertando el apetito e cualquier buen amante del pescado.
La anciana y decrépita Izmir tiene su corazón en el bazar: allí se ocultan, en la selva e calles estrechas, las principales mezquitas; suena música turca tradicional en los radiocasetes de los comercios; se pesa con balanzas romanas y huele a cuero y a hierbabuena, a canela y a fruta podrida; los motocarros se abren paso entre los compradores, los tullidos y los mendigos; la bandera nacional adorna los balconcillos en las festividades patrióticas, y en las tiendas de ropa masculina se exhiben colgados de las puertas trajes e color crema que disuelven el gusto de cualquiera, azules de patada en los ojos y marrones de puñalada en el cerebro. Izmie, en su bazar, no parece mediterránea, sino una ciudad de Arabia o de la costa africana del Índico. Tiene ese aire viejo de mercado islámico, donde sientes que, antes que un lugar para comprar y vender, te encuentras en un ámbito que es como un lugar común. Se nace, se vive, se comercia, se come, se bebe, se ríe, se llora, se ama y, quizá, incluso se muere en el bazar. En el laberinto de callejuelas que tejen la fisonomía de esta especie de ciudadela independiente aparecen de súbito plazuelas con una pequeña fuente donde uno puede descansar un rato, al arrimo de un árbol frondoso, y tomar un té de menta mientras fuma en narguilé.

Durante los atardeceres, las calles del centro de Izmir eran una batahola de gentes, que iban y venían de un lado a otro como un oleaje. En los cafetines, llenos a rebosar de clientela masculina, los viejos fumaban pipas de agua mientras jugaban su partida de backgammon, rodeados de mirones que opinaban sobre cada jugada. Giraban los kebabs de cordero al arrimo del fuego y el olor de las especias y grasa de borrego henchía el aire. Los loteros se acercaban casi en manada a ofrecerte tiras de cupones, y en las esquinas, los limpiabotas pregonaban sus servicios, sentados junto a sus cajas que, rematadas de adornos de cobre, parecen miniaturas de un castillo moro. Algunos mercachifles vendían mejillones rellenos de arroz hervido y otros, golosinas y cigarrillos por unidades. Los mendigos se acercaban a cada paso en demanda de limosna. El recio golpe el viento marino alborotaba la cabellera de los árboles y el aroma de los sargazos se mezclaba con los olores de la gasolina quemada y del cordero braseado.

REVERTE, Javier (2006): Corazón de Ulises. Libro de Bolsillo; 523: Barcelona. Páginas 169-171. 

dilluns, 9 de gener del 2012

El cuscús

Dominik (2006). Cous Cous Fest, San Vito Lo Capo

Amigues meves magribines que em volen bé m’ho han dit i repetit fins a la sacietat: “Deixa-ho estar, no saps de què va, ni mai no ho sabràs; si et ve de gust pots afalagar l’arròs, cantar els mèrits del burghol, exaltar les sopes de pa de Bagdad o els bürekd’Istanbul, però deixa-ho estar, no fiquis cullerada en el nostre cuscús”.
Ara bé, resulta que em dic Ziryâb. O sigui que pel que fa a les relacions entre el Mashreq i el Magrib no se’m pot sortir amb cap ciri trencat. En qualsevol cas estic convençut que malgrat les divisions polítiques mai no es va produir una ruptura entre Damasc o El Caire per una banda i Tunis o Còrdova per una altra, ni quant a la gastronomia, ni a la música ni a la literatura. Així, quan al segle XIII el kuskusou amb prou feines s’acabava d’imposar als països de l’occident musulmà, Ibn al-‘Adîm de Alep ja es trobava en condicions de parlar-ne amb molts honors. Efectivament, al seu llibre de cuina en facilita més de quatre receptes, una de les quals, sens dubte la millor, atribueix al Magrib. Insisteix sobre l’art de treballar la pasta, però també sobre les condicions requerides per a una bona cocció al vapor, en concret el tancament hermètic de les dues parts de la cuscusera. (…)
Arribats en aquest punt, molt em dol haver de rebatre una vella llegenda. No, els cuscús no és tan antic com se sol pretendre, fins i tot si la cocció al vapor es remunta als temps més remots. Simplement perquè un cuscús digne d’aquest nom cal que es faci amb blat dur. Tanmateix, el blat dur va néixer a Etiòpia i, de ben segur que no fou introduït al Magrib fins al segle X, des d’on creuà la Mediterrània cap a Espanya. Així doncs, és absolutament normal no trobar cap esment del cuscús al famós Livre dels aliments del metge dentista jueu Ishaq ibn Sulaymân, traspassat l’any 932, i qui, malgrat tot, visqué a Kairuán i s’interessà molt pel blat blancal i els seus derivats. (…)
Per tant, el cuscús és un potatge en el sentí antic del mot, com assenyalà Jean-François Revel, decididament més inspirat en gastronomia que no pas en política.  Per una part consta del cuscús en si, és a dir, grans que han de ser lleugers i regulars i estar separats però atapeïts d’essència i perfum. Només poden obtenir-se amb molt traça i paciencia: es comença barrejant sèmola i farina dins un cossi amb el palmell de la mà, es passa per dos sedassets, un de gruixut i un altre de fi, per calibrar i reduir els grumolls. Després es passen els grans pel vapor i s’assequen al sol sobre una tela tot remenant-los de tant en tant. Per preparar un cuscús la regla d’or és passar-lo dues o tres vegades pel vapor d’un brou de carn i llegums, alternant-ho amb una operació de capital importancia que consisteix a humitejar els grans amb aigua freda i airejar-los amb les mans. Per una altra part, tractant-se del brou, en tenim per triar i remenar, però el més clàssic, el que combina verdures fresques i xai, em sembla el més adient. No els faci por però tastar-ne altres combinacions, per exemple el cuscús amb cebes i panses, amb llet fermentada, amb peix, amb lleteroles, amb pollastre farcit, amb llegums, amb menuts de xai, amb carn seca de bou, o amb els mesfuf ensucrats, que poden arribar a ser sublims. Guardo un record emotiu d’una seffa preparada fa trenta anys per uns parents llunyans marroquins, amb mantega, panses, ametlles pelades, canyella, sucre i tarongina. Des d’aleshores no he menjat mai un cuscús millor, deixant potser de banda el de Miloud, el propietari d’un petit restaurant cabilenc, i, curiosament, el d’un amic libanès, Habib (…).
Si cito Habib és perquè deixin de dir-me que els àrabs d’Orient són incapaços d’apreciar el cuscús tal i com es mereix. Però també perquè m’agrada recordar, sempre que hi ha l’ocasió, que les coses senzilles són inesgotables. O és que a França el cuscús no s’ha convertit en un excel·lent plat de convivència, com si fos el cosí àraboberber del pot-au-feu i de la xucrut? Em va agradar assabentar-me, gràcies a Rabelais, que a la Provença, al segle XVI, ja s’apreciava sota el nom de “coscoton à la moresque”. Però la primera recepta que en vaig poder trobar en llengua francesa es remunta al segle XIX, recollida en persona per George Sand , a qui sembla ser que li agradava el “Kouss-Kouss” amb moltes espècies, amb xai o pollastre, mai amb bou. (…)

Mardam-Bey, Farouk (2002) . La cocina de Ziryâb. El Gran Sibarita de Córdoba. Barcelona : Zendrera Zariiquiey, 79-80


divendres, 29 de juliol del 2011

La fiesta del sacrificio

Travir (2009): Run away!!!
Salimos y apenas habíamos dado un par de pasos en el frío cuando vi que en el solar vacío y enfangado que había al lado se había reunido una multitud bajo el pequeño tilo que había más allá dispuesta a degollar un carnero para el sacrificio. Tal y como veo las cosas ahora, debería haber pensado que iban a degollar a aquel animal, que eso podría impresionar a aquella niña pequeña y no tendría que haber dejado que Füsum se acercara.
Pero eché a andar hacia allá curioso y sin pensármelo dos veces. Nuestro cocinero Bekri Efendi y nuestro portero Saim Efendi se habían arremangado y estaban derribando un carnero pintado con alheña y con las patas atadas. Junto al carnero había un hombre con un delantal y un enorme cuchillo de carnicero, pero no podía ver lo que hacía porque el animal se sacudía continuamente. Entre el cocinero y el portero, de sus bocas salía vaho por el esfuerzo, lograron inmovilizarlo. El carnicero agarró al carnero por el bonito morro y por la boca, le giró la cabeza torpemente y le apoyó el largo cuchillo en la garganta. Se produjo un silencio. "Dios es grande, Dios es grande", dijo el carnicero. Movió el cuchillo adelante y atrás y lo clavó con rapidez en la blanca garganta del carnero. Al sacarlo brotó un grueso chorro de sangre rojísima. El carnero se sacudía y uno podía comprender que estaba agonizando. No se veía el menor movimiento. De repente una ráfaga de viento hizo ulular las desnudas ramas del tilo. El carnicero echó a un lado la cabeza del carnero y dejó que la sangre cayera en un agujero que habían cavado previamente. 
A un lado vi unos niños curiosos que arrugaban el gesto, al chófer Çetin Efendi, a un anciano que rezaba. Füsum se agarró en silencio a la manga de mi chaqueta. El carnero todavía se movía de vez en cuando, pero eran sus últimos estertores. El carnicero, que estaba limpiándose el cuchillo en el delantal, era Kazim, el de la carnicería al lado de la comisaría, no lo había reconocido en un primer momento. Cuando mi mirada se cruzó con la del cocinero Bekri comprendí que se trataba del carnero que habíamos comprado hacía unos días para las fiestas y que se había pasado una semana atado en el jardín de atrás de casa.


Orhan Pamuk (2009): El Museo de la Inocencia, Literatura Mondadori, 57-58.

La batidora

Batidora años 50
Nurcihan confesó que también su madre presumía de haber sido la primera persona en Turquía en haber usado una batidora eléctrica. Nos contó que años antes de que en los colmados empezara a venderse zumo de tomate enlatado, o sea, a finales de los cincuenta, su madre había tomado por costumbre ofrecer a las amigas que iban a jugar al bridge zumos de tomate, apio, remolacha y rábano, e invitar a la cocina a aquellas señoras de la alta sociedad que tomaban sus zumos de hortalizas en vasos de cristal de roca y mostrarles la primera batidora que había llegado a Turquía. Y así, acompañados de una agradable música de aquellos años, recordamos cómo los miembros más destacados de la burguesía de Estambul acababan con la cara y las manos manchados de sangre con el entusiasmo de ser los primeros que usaban en Turquía maquinillas de afeitar, cuchillos de carne, abrelatas eléctricos y otros artefactos aún más extraños y terribles. Hablamos también de cómo aquellos aparatos que se traían con tanto entusiasmo de Europa y que en su mayoría se estropeaban en cuanto se usaban una sola vez, las grabadoras, los secadores de pelo que hacían saltar los fusibles, los molinillos de café eléctricos que tanto asustaban a las criadas, las máquinas para hacer mayonesa cuyos repuestos eran imposibles de encontrar en Turquía, se guardaban y se olvidaban en cualquier rincón polvoriento de nuestras casas durante años porque nadie se decidía a tirarlos.
Manuel Cantarero (2009): 5 ciudades: Estambul
Orhan Pamuk (2009): El Museo de la Inocencia, Literatura Mondadori, 159-160.

dijous, 28 de juliol del 2011

Yuha porta albergínies del mercat

Julliard Marie (2007). Derviche électro pop
En Yuha, el neci proverbial del món sefardita, sempre em feia embolics. Un dia la seva mare va voler enviar-lo al mercat a comprar albergínies. En Yuha li va dir que ell mai no havia vist una albergínia “Que no has vist mai una albergínia?”, preguntà ella consternada. “Però si mengem albergínies al menys dos cops a la setmana.”
“Mare, ja sé que en mengem sovint, però sols sé quin aspecte tenen quan estan guisades. Explica’m, si et plau, què és el que he de cercar al mercat.”
“L’albergínia té un abric de color morat i porta un barret verd com això”. Dit i fet, la mare d’en Yuha es va posar un caftà de color morat i va enrotllar-se una bufanda verda al cabell. “Ho veus? Això són les albergínies. Ara, vés al mercat i porta-me’n algunes.”
Amb aquesta explicació clara i senzilla al cap, en Yuha va córrer cap al mercat. Després de molta estona, va tornar tot acalorat i cansat. “Finalment he trobat l’albergínia, però no volia venir. He hagut de forçar-la lligant-li les mans amb una corda i arrossegar-la pel carrer.”
“Què? Que has lligat l’albergínia amb una corda i l’has arrossegada pel carrer?” cridà la seva mare al mateix temps que corria cap a la porta principal. El seu fill havia portat a casa un turc dervix molt enfadat, que duia un mantell de setí morat damunt de les espatlles i un turbant verd al cap!

Conte popular extret del llibre: Rabí robert Sternberg (1998). La cuina sefardita (La riquesa cultural de la saludable cuina dels jueus del Mediterrani). Editorial Zendrera Zariquiey, Barcelona 108

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dilluns, 25 de juliol del 2011

Moreno García, José-María (2008). Museo y Monda del Azafrán

Conte popular sefardita
Una vegada es va fer un tracte de pau entre el sultà de Turquia i el rei de Grècia. Com a part del tractat, el sultà envià esplèndids obsequis al rei de Grècia. Hi havia tot tipus de joies diferents, sedes u setins, catifes valuosíssimes, objectes d’or i de plata i d’altres luxosos regals. Quan el missatger del sultà portà aquests obsequis al rei, aquest li donà una petita capsa, doblement precintada i embolicada. Li ordenà que ningú no devia obrir aquella capsa excepte el sultà.
Després que le missatger tornà a Turquia amb la capsa, el sultà la mirà amb una amarga expressió a la cara. “Aquest regal és certament petit”, digué. “Però pot ser que contingui alguna cosa preciosa, de la qual només n’existeixen poques en tot el món”. El sultà obrí la capsa i trobà que tot el que contenia era un manat de brins de safrà.
“Per ventura aquest porc s’està rient de mi?”, digué el sultà aïrat. “Li vaig enviar tot tipus de valuosos obsequis del meu palau: joies precioses, teles i catifes, or i plata, i mireu què m’envia ell!” “Un manat d’estams!”
El sultà estava disposat a cridar la seva flota de vaixells i salpar cap a Grècia per començar una nova guerra quan un vell rabí, un dels seus consellers, s’acostà i li digué: “Excel·lència, vós sou un home molt savi i afortunat. He sentit parlar del regal que us ha enviat el rei de Grècia. És un obsequi molt valuós; un pot protegir del diable.”
“Com ho sabeu això?” bramà el sultà.
“Viatgeu demà cap al nord el regne, on viuen els óssos salvatges, i ja ho veureu. Quan els ensenyeu el paquet, arrencaran a córrer.”
Així que el sultà va fer el que el rabí suggerí i anà a un lloc on vivien molt óssos salvatges. Tan aviat com els ensenyà el safrà, els óssos arrencaren a córrer. El sultà proclamà la saviesa del rabí lloà i honrà tots els jueus que vivien en Turquia. És per aquest motiu que els jueus consideren el safrà com una planta màgica i hi cuinen el seu arròs del Sàbat.
Sternberg, Rabí Robert (1998). La cuina sefardita (La riquesa cultural de la saludable cuina dels jueus del Mediterrani). Editorial Zendrera Zariquiey, Barcelona, pàgina 299-300.

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"Las estrellas de los cielos/Yo m'enamorí d'un aire". Música dels jueus sefardites. Jordi Savall i Hespèrion XXI (2000)

El venedor d'ous

Madrigal, Carlos (2007). Por mis huevos

Conte popular sefardita

Hi havia una vegada un venedor d’ous jueu que venia ous al mercat amb molt poc profit. Un dia, anava caminant cap al mercat amb un cistell amb mil ous al damunt del cap, maleint la seva sort: “Quan temps més he de continuar treballant tan dur per guanyar tan pocs Diners? Seria millor que m’endugués els ous a casa i hi posés gallines al damunt per covar-los. D’aquesta manera, si sortissin de les closques, tindria mil pollets. Alguns serien galls i una altres gallines. Si les gallines comencessin a pondre ous, aviat tindria cents de milers de pollets. Això es convertiria en un negoci de pollastres. Vendria els pollastres a un dinar per pollastre i obtindria dos-cents mil dinars. Aleshores vendria el negoci de pollastres i compraria seda. Vendria la seda a França amb un marge de guany del 50%, empraria els diners en comprar unes altres mercaderies allà, els carregaria el 50% i les vendria aquí. Si comprés i vengués així durant cinc anys, aconseguiria cents de milers de dinars d’or a nom meu. Llavors compraria una mansió rodejada de jardins i fruiters, i algunes botigues que podria llogar per obtenir més diners. Seria un home ric. Tindria més diners que qualsevol altre jueu a Turquia! i seria convidat a ser conseller de la cort del sultà. Aniria cada dia a la cort i faria una reverència al sultà i a tots els membres de la seva cort. I quan em veurien inclinant-me davant d’ells, ells s’haurien d’inclinar cap a mi...” Em dir això, el venedor d’ous abaixà el cap i el cistell caigué a terra, trencant-se el miler d’ous que duia.

Sternberg, Rabí Robert (1998). La cuina sefardita (La riquesa cultural de la saludable cuina dels jueus del Mediterrani). Editorial Zendrera Zariquiey, Barcelona, pàgina 319-320.

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dijous, 21 de juliol del 2011

La història de la baklava

Shahmiri, Enzie (2009). Baklava
Conte popular sefardita
La baklava és un dolç popular arreu e l’Orient Mitjà. Hi ha molts tipus diferents de receptes i cap és totalment jueva. En comptes d’una recepta de baklava, que podríeu trobar en qualsevol llibre de cuina grec o de l’Orient Mitjà, us ofereixo aquest bonic comte popular sefardita sobre la baklava.
Un cristià, un jueu i un musulmà anàrem a Istanbul junts a veure si podíem fer fortuna. Caminant pel carrer, trobaren una moneda i després d’una llarga discussió decidiren de gastar-la en baklava. La moneda només arribava per comprar un dolç. Després de comprar la baklava, varen decidir guardar-la fins al dia següent i el qui hagués somiat el somni més meravellós, es menjaria el dolç.
A mitja nit, el jueu va sentir fam. Començà a donar voltes incapaç de conciliar el son. Intentà despertar els seus companys però estaven profundament adormits. S’estirà i girà. Es rascà l’esquena i el clatell. Es fregà el nas i finalment es llevà i va fer una petita mossegada a la baklava. Llavors tornà al llit confiant a quedar-se adormit. Però el son no arribava aquella nit. Es girà i regirà una altra vegada, i cada vegada que es girava i regirava, es llevava i donava una altra mossegada a la baklava fins que no en va quedar més. No hi havia més baklava. Un cop es va acabar, el jueu s’adormí.
Al matí següent, els homes es llevaren i descobriren que la baklava havia desaparegut. On era? El musulmà i el cristià cercaren aquí i allí, arreu de l’habitació. El jueu va fer com si també cerqués. Finalment, els tres afamats homes decidiren anar a un cafè. Varen prendre esmorzar i cafè i la gent del voltant començà a parlar amb ells. Els homes explicaren a la “societat del cafè” la història de com van trobar la moneda i van comprar baklava, i el planejament de donar-la a qui somiés el somni més meravellós.
“Deixeu-nos ser els jutges”, digueren els del cafè. “Deixeu-nos decidir qui és el que ha tingut el somni més meravellós i li comprarem una baklava.”
Primer parlà el cristià. “He somiat que venia Jesús i em portava a Natzarè. Quan vam arribar, tots els sants estaven allà per rebrem. Jo els vaig fer una reverència a tots ells i Jesús m’ensenyà les portes del Paradís. Què pot ser més bell que això?”
Llavors va ser el torn del musulmà. “Vaig somiar que el profeta Mahoma se m’apareixia i em portava amb la seva catifa màgica fins a la ciutat santa de La Meca. Vam veure tots els hajji passejant al voltant de la Ka’aba i vam entreveure la Vida Eterna. Què pot ser més bell que això?”
Finalment va ser el torn del jueu. “Bé, amics meus, el meu somni va ser molt diferent dels vostres. Jo no vaig tenir la sort de veure el jardí de l’Edèn. Malgrat tot, Moisès, el nostre mestre, va venir cap a mi i digué: `Cristos està amb el seu mestre Jesús a Natzarè. Suleiman està amb el seu mestre Mahoma a La Meca. Qui sap si algú d’ells tornarà?’ Aleshores em digué que mengés la baklava.”
“Te la vas menjar?”, preguntaren els seus companys.
“Qui sóc jo per desobeir Moisès, el nostre mestre?”, contestà el jueu.
Sternberg, Rabí Robert (1998). La cuina sefardita (La riquesa cultural de la saludable cuina dels jueus del Mediterrani). Editorial Zendrera Zariquiey. Barcelona, 360-362.

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