diumenge, 6 de gener de 2013

El ladrón de meriendas

Un buen plato, digno de Montalbano. Isabel Castro (2012)

-¿Hoy qué le puedo servir?
-¿Qué tienes?
-De primero, lo que quiera.
-De primero no quiero nada, tengo intención de hacer una comida ligera.
-De segundo he preparado bonito con salsa agridulce y merluza con salsa de anchoas.
-¿Te has pasado a la alta cocina, Calò?
-A veces me da por ahí, me doy el capricho.
-Tráeme una buena ración de merluza. Ah, y mientras espero, sírveme un buen plato de entremeses marineros.
Le entró la duda. ¿Había dicho una comida ligera? Prefirió no responder a la pregunta y abrió el periódico. La pequeña maniobra económica que el gobierno había aprobado no sería de quince, sino de veinte millones deliras. Seguramente subirían algunos precios, entre ellos los de la gasolina y los cigarrillos. El paro en el sur había alcanzado unas cifras que era mejor no revelar. Los de la Liga Norte, después de la huelga fiscal, habían decidido echar a la calle a los prefectos, como primer paso hacia la independencia. Treinta jóvenes de un pueblecito de la provincia de Nápoles habían violado a una muchacha etíope, el pueblo los defendía: la negra era no solo negra sino también puta. Un chiquillo de ocho años se había ahorcado. Detenidos tres camellos cuya edad media era de doce años. Un veinteañero se había saltado la tapa de los sesos jugando a la ruleta rusa. Un octogenario celosos…
-Aquí están los entremeses.
Montalbano lo agradeció, unas cuantas noticias más y se le hubiera pasado el apetito. Después llegaron los ocho trozos de merluza que eran sin lugar a dudas suficientes para cuatro personas. El pescado proclamaba a gritos su alegría por el hecho de haber sido guisado como Dios manda. A través del olfato se adivinaba su perfección, merced a una cantidad apropiada de pan rallado, y al delicado equilibrio entre las anchoas y el huevo batido.
Montalbano se llevó a la boca el primer bocado, pero no se lo tragó enseguida. Dejó que el sabor se difundiera dulce y uniformemente por la lengua y el paladar, y que la lengua y el paladar se dieran cuenta del regalo que se les estaba haciendo. Tragó el bocado y Mimì Augello se materializó delante de la mesa.
-Siéntate.
Mimì Augello se sentó.
-A mí también me apetecería comer.
-Haz lo que quieras. Pero no hables, te lo digo como un hermano y por tu bien, no hables por ningún motivo. Si me interrumpes mientras como esta merluza, soy capaz de estrangularte.

CAMILLERI, Andrea (2000): El ladrón de meriendas. Editorial Salamandra, Narrativa:Barcelona. Páginas 29-30.
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