divendres, 23 d’agost de 2013

Comida bajo la sombre del cerezo (La tierra fértil, de Paloma Díaz-Mas)

Jorge Carmona Ferri (2013): Cesto de cerezas
Era ya mediodía y empezaba a apretar el calor y el señor pidió que le dieran de comer, porque tenía ahambre; que, como habían salido temprano y habían estado toda la mañana cabalgando, con el aire de aquellos montes se les había abierto el apetito.
Había ante la puerta del molino una solana pavimentada con lajas de piedra, a una parte de la cual daba sombra una parra que crecía al ras del muro del molino y desde allí trepaba por unos vástagos formando como un dosel de hojas verdes. Al lado crecían un par de cerezos que estaban cargados de fruto, como correspondía a la época; el señor se acordó de cuántas veces había comido del fruto de aquellos árboles cuando salía al campo con su amigo don Bertrán Guerau, que muchos días iban a aquel lugar a la vera del río y le pedían al molinero que les diese cerezas, se las echaban en el esquero y las iban comiendo por el camino, sin desmontar siquiera del caballo, y de pensarlo casi le parecía que sentía en la boca el sabor de aquellas guindas que comió años atrás. Así que le dijo a la hija del molinero que les pusiese allí algún asiento para comer a la sombra, bajo la parra y junto a los cerezos, y que antes de nada les trajera unas pocas cerezas de aquellas, que las quería probar porque todavía no había tomado aquel año.
La mujer puso un par de serones para que sirvieran de asiento y un banquillo de madera, y sobre él colocó una artesa vuelta boca abajo para que hiciese de tabla; y aunque todo era muy rústico y muy sencillo, de verdad que se podía comer allí como en un palacio, porque no podía haber techo pintado más hermoso que aquel emparrado, ni tapiz ni alfombra mejor que aquel suelo de piedra, con los dibujos que formaba el sol al colarse por éntrelas hojas, que en algunos sitios parecía que habían caído lascas de plata al suelo.
El señor se sentó en uno de los serones y, como vio que Joan Galba se quedaba de pie, le dijo que tomase el otro serón y se sentase a la tabla, frente por frente con él, como suelen comer en el campo los pastores o los caballeros, cuando van de caza, que en lugar de sentarse uno al costado de otro, como se hace en corte, forman rueda y comen unos enfrente de otros.
Joan Galba se sentó y la mujer trajo las cerezas recién cogidas y mojadas, porque para que estuvieran más frescas las había puesto en un cestillo y había metido el cesto en la corriente del río. El señor empezó a comer y, a cada cereza que comía, se echaba el hueso en la mano y lo tiraba luego al suelo debajo de la tabla; porque así se ha de hacer; que si uno está en la mesa y tiene que escupir cualquier cosa, no debe hacerlo ni sobre la tabla ni en ningún sitio donde se pueda ver, sino echarlo con disimulo bajo la mesa o entre las piernas. Pues ya hemos dicho que el señor de Bonastre comía siempre con mucha limpieza, y no solo cuando estaba sentado en mesa con manteles.
Las cerezas parecían dulces y frescas, pero Joan Galba las miraba sin atreverse a tocarlas, aunque del ejercicio de la mañana y del calor del mediodía tenía mucha sed. El señor, que lo notó, le dijo que comiese, y como él tomó solo una o dos, agarró un puñado y se lo puso delante a este caballero. Y, cuando lo hubo acabado, le puso otro, hasta que acabaron todas las del cesto.
Mientras tanto, la hija del molinero había preparado de comer, y lo trajo todo junto en un tajador de madera. Puso también en la mesa media hogaza de pan, un cuchillo y un pichel de vino. Pero no les dio agua para lavarse las manos porque entre las gentes del campo eso no se usa, que es una cortesía de los que viven en la corte o en la villa.
El señor le dijo a la mujer que se marchase a sus tareas y a Joan Galba que le sirviese y que luego se sirviese a sí mismo. Él se puso en pie, tomó el pan y el cuchillo, cortó primero una rebanada gruesa, tan ancha como la hogaza, y se la puso delante al señor; y como don Arnau se lo dijo, también cortó otra lonja más delgada para sí. Luego fue tomando pedazos de la comida que había traído la molinera, que era una mezcla de diversas carnes como las hacen en aquella tierra, metidas en tripas de cerdo y cocidas para que se conserven mejor; que luego, después de cocidas, las hacen a la brasa o las pasan por la sartén, y otras las toman frías. Cada pedazo grande él lo iba trinchando y poniéndole un poco al señor sobre la hogaza, procurando que el jugo de lasque estaban fritas no fuese escaso ni demasiado, porque si es poco resulta el pan seco y si es mucho se ensopa. Y cortó también algunos pedazos de pan más pequeños para tomar con ellos los trozos de carne sin mancharse los dedos.
Una vez hecho esto, el señor le indicó que se sentase y comiese con él; Joan Galba esperó a que don Arnau tomase uno o dos bocados y luego comenzó a comer con gana, que en aquel lugar tan agradable y con la comida bien aderezada, se le olvidaron todas sus penas.

Paloma Díaz Mas (1999): La tierra fértil. Editorial Anagrama, Narrativas hispánicas: 272. Páginas394-396.
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