diumenge, 24 de juliol de 2011

Cena para los difuntos

Lebowskysardigna (2007): Nebbie e luci
Las almas nos conocen, son de nuestros parientes y por tanto no nos harán daño, porque además les hemos preparado la cena. Andría Bastíu pensaba en eso mientras se preparaba para pasar la noche del primero de noviembre en su habitación. Se quitó los zapatos que usaba en el campo pero se quedó vestido, ya que intención de dormir no tenía ninguna. El año anterior su madre lo había obligado a pasar todo el día recogiendo patatas para que se cansara y por la noche se había dormido sin querer, vencido por el cansancio. Pero esta vez no le habían engañado: estaba despierto y vería a las almas comer y coger el tabaco picado dejado sobre la mesa, donde por la mañana se encontraban impresas las huellas de los dedos. Así, cuando Maria asegurara que las almas no andaban por ahí atormentando a nadie, él podría contestarle que era la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo lo que lo impedía. Si Nuestro Señor Jesucristo había permitido que su hermano perdiera una pierna, cómo no iba a permitir a los muertos comerse cuatro culurgiones.
Así que se había sentado en un taburete de cañaheja -el mismo que utilizaba de pequeño y cuyos clavos notaba en las posaderas- delante del resquicio de la puerta con la determinación de un centinela en la frontera. Al cabo de veinte minutos el sueño ya lo rondaba, pero Andría permaneció agazapado tras la puerta entornada, decidido a mantener bajo vigilancia la línea del pasillo que conducía de la entrada al comedor, donde estaba la mesa llena de viandas en espera de las almas de los muertos. Esa noche andan por ahí muchísimas almas, le había dicho Nicola, que el año anterior había visto la de Antoni Juliu, el hermano mayor de su madre, caminando por la calle hacia su casa. Antoni Juliu había emigrado a Bélgica a trabajar en las minas, y cada vez que regresaba parecía no sentirse en casa: miraba alrededor con recelo, como si lo buscaran los acreedores, y el negro del carbón acumulado bajo las uñas nunca acababa de írsele. No se alegraba de marcharse, pero todavía menos de volver. Se había ahorcado en la finca de los Gongius el tercer verano y les había dado un susto de muerte a los aparceros que lo habían encontrado colgando de una rama como una pera podrida, con la lengua fuera, emigrado de sí mismo hacia quién sabe dónde.
Quizá apareciera esa noche. Le habían preparado expresamente un plato con su copita al lado, porque el aguardiente le gustaba, y no poco. En el caso de que no se presentara, al día siguiente, se la bebería su padre antes de comer, o Nicola, que Dios sabe que lo necesitaba. Pero no podía ser el alma de Antoni Juliu la figura negra como un pecado que recorría el pasillo en dirección a la puerta de Andría con un frufrú de faldas. No podía ser de su tío aquella cabeza cubierta por un pañuelo negro, aquel paso seguro, de persona que nunca ha tenido que abandonar su tierra por necesidad.
Ciod Ponti (2009): Femina agabbadora ne è rimasto solo un esemplare
(...) En una noche como la de las almas la campana no sonaba. Podía  ser cualquier hora, y nada habría cambiado. A lo largo de las calles no había una sola puerta que no estuviese abierta al frío, como si todas las familias de Soreni hubieran huido demasiado deprisa para acordarse de cerrarlas a su espalda. (...)

Murgia, Michela (2011): La acabadora, Editorial Salamandra, 100-102.
Bloc personal de Michela Murgia
Sobre la figura de la acabadora: Femina agabbadora
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