dissabte, 23 de juliol de 2011

Preparativos para la boda

Filippo N. (2006): Su pani 'e saba
Momenti della preparazione del pan di sapa dolce tipico meaneses

(...) Por tanto, la boda de Bonacatta le había parecido a la viuda Listru una ocasión más que propicia para una pequeña demostración de fuerza frente a Bonaria Urrai, puesto que la cantidad de dulces y pan que había que preparar podía justificar la ausencia de Maria por unos días en el colegio.

Contra los peores pronósticos de Anna Teresa, la vieja Urrai no pareció oponer ninguna resistencia, así que su hija menor se presentó la tarde del día establecido para elaborar los dulces de almendra sin necesidad de haber tenido que pedirlo dos veces. Quizá, después de todo, se podía hacer alguna labor en ese sentido, aprovechando la circunstancia de que alrededor de la gran mesa central del salón reinaba el clima entusiasta de los acontecimientos irrepetibles.
Todos los ingredientes necesarios para los amarettos estaban aliniados bien a la vista, y, en esa aromática hilera, cada par de manos, incluidas las de la futura esposa, tenía su momento preciso para intervenir. A un lado se encontraban las almendras dulces, desmenuzadas con la tajadera hasta reducirlas a polvo, reservadas en un amplio lebrillo de barro esmaltado, listas para ser mezcladas con la harina y los huevos en una masa que acabaría en el horno con una almendra o media cereza confitada en el centro. Anna Teresa las había encarecido a ser generosas en harina y ahorrativas en almendra, a despecho de la esponjosidad del resultado. El otro lado de la larga mesa, en cambio, se hallaba dominado por un montón de almendras cortadas en finas láminas, a la espera de ser cristalizadas en azúcar mezclado con ralladura de limón: una vez frías y cortadas en rombos se convertirían en un sencillo crocante al que solo los dientes más sanos podrían enfrentarse.
Lucia Cossu (20111): Dolci
Maria rallaba los limones entre el parloteo de sus hermanas y su madre.
- ¿Te alegras de no haber ido hoy al colegio? -preguntó Anna Teresa Listru, entrando en materia enseguida.

- Bueno... no me disgusta ir, pero hoy era un día epecial.
Regina y Giulia  cruzaron una mirada mientras Bonacatta trabajaba la masa con los huevos para ablandarla.
- ¡No sé cómo te las arreglas para no aburrirte estando todo el rato sentada!- exclamó Giulia-. ¡A mí me parecieron odiosos cada uno de  los días que fui al colegio!
- Y el colegio te pagó con la misma moneda, porque acabaste repitiendo cuarto curso- replicó con malicia Bonacatta, animada por la autoridad de sus veinticinco años.
- ¡Si, tú eres la que más ha estudiado! -Regina jamás habría reconocido que a ella estudiar no le había desagradado, y no dejó escapar la oportunidad de echar más leña al sonrojo de su hermana.
La humillación de Giulia encontró una ayuda inesperada en su madre, que habitualmente no intervenía en aquellas discusiones, a menos que acabaran convertidas en un incordio para ella.
- El colegio no sirve para nada-afirmó-. Una vez que has aprendido a firmar y a contar el cambio que te devuelven en la tienda, ya tienes suficiente, que después de todo no vas a ser médica. Piensa que yo hice solo hasta tercero de primaria y no por eso me han tomado el pelo, jamás, ¡ni siquiera los más instruidos!
A Anna Teresa Listru le gustaba repetir a menudo esa sentencia, convencida de que era una buena idea proponer a sus hijas un modelo a su alcance. Giulia en particular había dedicado sus diecinueve años a ese objetivo, con resultados que su madre no dejaba de ponderar ante las vecinas. "Parezco yo de joven, sana y sin pájaros en la cabeza", proclamaba dando golpecitos afectuosos en la espalda de la que había pasado a ser su hija menor.
- En cambio, a Maria le gusta ir a la escuela... -prosiguió, decidida a no dejar que la conversación decayera-. ¿Qué quieres ser, Maria, doctora en almendras? ¿Profesora en dobladillos y presillas, como la tía Bonaria Urrai?
Sus hermanas rieron, pero la chiquilla no se dejó intimidar; no era la primera vez que su madre tocaba ese tema para burlarse de ella, y desde el inicio de la conversación se había dado cuenta de que ese día estaba esperando que picara el anzuelo.
- El colegio sirve para todo, también para preparar dulces.
- Sí, claro. Nosotras, sin ir a la escuela, no sabríamos hacerlos, ¿verdad? Pero ¿qué tonterías dices?
Maria dejó de rallar el limón. Cogió una de las bolitas de pasta de almendra que Regina acababa de hacer y se la mostró a su madre con aire desafiante.
Cristiano Cani (2006): Durcis
Dolci tradizionali della Sardegna: Gueffus, amarettus, bianchini, pabassinas e piricchittus
- ¿Sabes por qué los gueffus se llaman gueffus? Anna Teresa Listru la miró como si se hubiera vuelto loca y sus hermanas dejaron de mover las manos para disfrutar de la escena.
- ¡Vaya pregunta! Se llaman así porque siempre se han llamado así.
- Sí, pero ¿por qué? ¿Por qué no se llaman bombines o... trictrac?
Bonacatta dejó escapar una risita e inmediatamente se sintió taladrada por la mirada asesina de su madre.
- No lo sé. ¿Y tú? ¿Acaso lo sabes? Dínoslo, profesora Maria, venga. Explícanos esa cosa fundamental.
- La palabra deriva de los güelfos, los guerreros que en la Edad Media apoyaron al papa contra el emperador.
- Muy interesante. ¿Y se tiraban bolas de pasta de almendra?
Esta vez rieron todas, pero Maria prosiguió, impertérrita:
- Se llaman así porque, cuando los envolvemos, cortamos los bordes de papel dentados, como las torres de los castillos güelfos.
- Increíble ... -Con gesto teatral cogió un gueffus de la mesa enharinada, se lo acercó a la boca y de un bocado engulló la mitad. Mientras masticaba, cerró los ojos, pero de pronto los abrió con expresión de sorpresa-: ¡Que me parta un rayo!... ¡Ahora que sé por qué se llaman así, hasta han cambiado de sabor! ¿Si no llegas a decírmelo, Maria, desde luego no habría sabido lo que estaba perdiéndome!
Giulia y Regina, que entre bromas y veras le habían hincado el diente a un gueffus para seguir el juego a su madre, se troncharon de risa, mientras que Bonacatta, preocupada por la preparación de sus dulces, comentó con una sonrisa la desilusión de Maria:
- ¡Hoy ya nos has dado la lección. Ahora haz otra cosa buena: acaba con los limones, que necesito la ralladura para los pirichittus. Y te advierto que, si me preguntas por qué se llaman así, lo sé.
- Pero te lo dirá cuando seas mayor -terció Regina, que se ganó un pescozón por aquella impertinencia, mientras que Maria se puso otra vez a rallar la corteza con una furia digna de mejor causa.

Durante tres jornadas la casa de la novia fue un auténtico hormiguero, un ir y venir de parientes y vecinas con cestas repletas de ingredientes frescos y bandejas prestadas para colocar los dulces preparados. Las hermanas Listru trabajaron sin parar, alternándose las tareas para dar vida al milagro de un ejército de capigliette bordadas de con azúcar a modo de encaje, kilos de tiliccas impregnadas de saba de almendra, cestos rebosantes de aranzada de perfume especiado, cajas metálicas rellenas de crujientes muñéquitas de azúcar y centenares de redondos gueffus de almendra, envueltos uno por uno a modo de caramelos en papel de seda blanco, recortado en los extremos como las torres güelfas. En toda la casa no había una sola habitación en que quedara un punto de apoyo libre; a la hora de acostarse. Giulia y Regina tenían que retirar de las camas los cestillos de dulces ya preparados, y se dormían envueltas en la delicada fragancia del agua de azahar.

Murgia, Michela (2011): La acabadora, Editorial Salamandra, 53-57.
Bloc personal de Michela Murgia

Mygonet (2010): Confezione su "Pan'e Sapa"
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