dilluns, 25 d’abril de 2011

Un sofrito para la crisis


LauretART (2011)


"Josep Pla explica que el arroz depende estrictamente del sofrito. Elaborado con bastante cebolla (y poquísimo tomate), el sofrito debe convertirse en una mermelada melosa y oscura, casi negra. Para que la cebolla se transforme en mermelada hace falta un ingrediente que ahora escasea: mansedumbre, sosiego (una destilación del carácter que se consigue después de dedicar, como hacían nuestras abuelas, gran parte del propio tiempo a alguien que no sea uno mismo). Mi abuela usaba una marmita de hierro, ennegrecida por el uso. Mientras cortaba la cebolla me contaba anécdotas de su tiempo. El ácido de la cebolla, que hace chispear los ojos, contribuía a disimular la tristeza. Un par de lágrimas rodaban por sus mejillas cansadas, de color de cirio, mientras evocaba al abuelo, que murió tan joven, o algún episodio de la guerra.
La abuela tenía el pelo blanco y los ojos negros, que unas sombrías ojeras acentuaban. Sus relatos no eran de color de rosa. Eran las historias de una menestralía que pasó la vida trabajando, mientras la muerte y el infortunio destruían con impiadosa constancia los escasos momentos de confort. Poco después de casarse, los abuelos compraron una casita, en la que instalaron un colmado, que contaban pagar poco a poco. Disponían de un pequeño as en la manga: unos ahorrillos que el abuelo había colocado en la fábrica corchera en la que trabajaba. El hombre murió pocos años después de casarse. Y al intentar mi abuela retirar los ahorros del marido difunto, resultó que el amo de la fábrica se había arruinado. Cargada de deudas, viuda y con una hija, consiguió abrirse camino con un coraje ejemplar, trabajando de noche y de día, ahorrando cada céntimo, prescindiendo de todo placer, prohibiéndose la fatiga, viviendo con austeridad máxima, progresando de manera lenta, pero constante, hasta que, cuando el futuro parecía sonreírle, la guerra trajo nuevas penalidades, más privaciones, otros peligros. Registros y abusos del comité por su fama de beata. Rosarios rezados en el sótano durante los bombardeos. Y cuando entraron los franquistas, más de lo mismo: destrozos y robos de la soldadesca.
El combate de mi abuela no fue excepcional. Todas las mujeres que soportaron la guerra contaban historias parecidas. Eran heroínas, pero no tenían conciencia de ello. La lucha cotidiana daba sentido a su existencia. No esperaban otro premio que poder seguir luchando. La crisis que hoy nos asusta y golpea es casi una comedia, a la luz del hambre, el malestar y las penalidades que sufrió la generación que nos legó la tortilla de harina y el soberbio arroz con cuatro trozos de sepia.
Toda la fuerza de aquella generación reside en el sofrito. Lo primero: no hacer el pena; mantener el pudor, la dignidad. Y es que, en efecto, al trocear la cebolla uno consigue disimular el impacto real de las dificultades con una excusa irónica: las lágrimas son debidas al ácido tubérculo, que escuece los ojos. Segundo: aguardar el bajón de la crisis con sosiego y aplicación, acompañando con la espátula la lenta cocción de la cebolla incluso cuando el esfuerzo parece inútil. Por supuesto: no olvidar el caldo. Para prepararlo basta con hervir en abundante agua unos pocos pescados sin nombre. Sin el caldo del coraje y la entereza, el arroz, como la vida, incluso cuando se dispone de los mejores mariscos, sabe a poco y uno acaba interiorizando que siempre sale mal".
“Un sofrito para la crisis”. Antoni Puigverd, La Vanguardia Digital, 25 de abril de 2011.
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