divendres, 15 de juliol de 2011

A veces lo hacen

Monique de Roux (2010): Bodegón con personajes (detalle)
 - ¡De quién es hija usted, tía? -preguntó un día, mientras comía menestra.
- Mi padre se llamaba Taniei Urrai, era ese señor de ahí...
Señaló la vieja fotografía amarillenta, colgada sobre la chimenea, en la que Daniele Urrai, tieso con un chaleco de pana, aparentaba unos treinta años. A la niña podía parecerle cualquier cosa excepto el padre de la anciana que tenía delante, incredulidad que Bonaria leyó en su cara sonrosada.
- Ahí era joven, yo aún no había nacido -precisó.
- ¿Y no tuvo madre? -insistió Maria, que no estaba muy familiarizada con la idea de que se pudiera ser hija de un padre.
- Claro que sí, se llamaba Anna. Pero ella también murió hace muchos años.
- Como mi padre -añadió, seria, la pequeña-. A  veces lo hacen.
- ¿Qué? -preguntó Bonaria, atónia por aquella precisión.
- Que lo hacen. Que mueren antes de que nazcamos. -Maria la miró, armada de paciencia, y añadió de mala gana-: Me lo dijo Rita, la hija de Angela  Muntoni. A ella también se le murió su papá antes. -durante la explicación, la cuchara se movía en el aire como el arco de un instrumentista.
- Sí, algunos lo hacen. Pero no todos -aseguró Bonaria, observándola con una débil sonrisa.
- Todos no, claro -admitió Maria-. Al menos uno tiene que quedarse. Por los niños. Por eso los padres son siempre dos.
Bonaria asintió mientras sumergía la cuchare en el plato, convencida de haber zanjado el asunto.
- ¿Ustedes eran dos?
Bonaria comprendió por fin y, sin dejar de comer, respondió en el tono casi informal que había empleado hasta ese momento.
- Sí, éramos dos. Mi marido también murió.
- Ah, murió... -repitió al cabo de un instante la niña, indecisa entre el alivio y el disgusto.
- Sí, a veces lo hacen -afirmó Bonaria con la misma seriedad que la pequeña.
Confortada por esa estadística personal, la niña se puso a soplar suavemente la menestra. De vez en cuando, al levantar los ojos de los vapores que se elevaban de la cuchara, se cruzaba con los de su tía  le entraban ganas de sonreír.
Desde aquel momento, cuando Bonaria salía por la mañana a comprar el pan, María se acostumbró a esperarla sentada a la mesa de la cocina con los pies colgando mientras contaba en silencio, hasta llegar al último número que sabía, los golpes de los zapatos de goma al chocar contra la silla. Alrededor de tres veces cien, la tía Bonaria ya estaba de vuelta, y entonces la niña comía pan caliente con higos secos antes de marcharse al colegio.
- ¡Come, Maria, come y verás cómo te crecen las tetas! -exclamaba la tía Bonaria levantándose con una mano el poco pecho que le quedaba.
María comía los frutos de dos en dos riendo y luego corría a su habitación con las semillas de los higos todavía entre los dientes para comprobarlo, porque cuanto decía la tía Bonaria era ley de Dios en la tierra. Y sin embargo, en los treces años que vivió con ella, la niña jamás la llamó mamá, porque las madres son otra cosa.
Murgia, Michela (2011): La acabadora, Editorial Salamandra, 15-17.
Bloc personal de Michela Murgia

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